Pérdida por accidente.
Hay un primer momento de gran conmoción.
Sorpresa, incredulidad, negación.
Pueden aparecer reacciones opuestas,
desde sentirse como anestesiados y sin capacidad de accionar hasta explosiones
emotivas de gran intensidad.
Dolor y gran esfuerzo para enfrentar los
trámites administrativos, autopsia, búsqueda de testigos, reconocimiento del
cuerpo, tener que avisar a la familia.
Sufrimiento porque no existió la
posibilidad de despedirse.
Recuerdos torturantes para aquellos que
estaban presentes en el momento del accidente.
Impotencia por no haber podido hacer nada
o muy poco.
Fantasías acerca de cómo ocurrieron los
hechos y del sufrimiento vivido o no por el hijo.
Suelen pasar por momentos prolongados en
los que se les impone compulsivamente el revisar cada detalle de los momentos
previos buscando encontrar algo que hubiese permitido evitar el accidente o bien
buscando responsables.
Fuertes sentimientos de venganza contra
quien provocó o es responsable del accidente.
Tener que enfrentar dudas propias o
ajenas sobre responsabilidades de la propia víctima.
Es recurrente y prolongada la fantasía
de que en cualquier momento el ser querido va a regresar; por lo inesperado se
hace muy difícil asimilar que murió y no volverá más.
Dolor agregado cuando hay juicios de por
medio.